El gran aplazo de la dictadura

El incremento de casos de contagio con corona virus y su virtual concentración en los departamentos de Beni y Santa Cruz, forman parte de las múltiples aristas que tiene el pésimo tratamiento de esta pandemia en el país. Cada día, la prensa amordazada y autocensurada da cuenta de nuevos casos, tanto de contagio como de desenlace fatal, desmintiendo los supuestos logros y avances con que quiere hacer campaña electoral la autoproclamada presidenta. La dictadura de Jeaninne Añez, Carlos Mesa y Fernando Camacho coadyuva al empeoramiento de la situación con una pésima gestión salpicada por negociados y chambonadas que dejan al descubierto la esencia misma de un gobierno hecho por el imperialismo yanqui sin más propósito que alinearlo a sus políticas de dominación en su “patio trasero”.

Una primera pésima señal fue el cambio de ministro de salud, en medio de la crisis. No es que el anterior fuera una lumbrera ni mucho menos; es también parte de esa rosca de galenos que no vaciló en sabotear de manera permanente, salvaje e irresponsable, todo intento del gobierno popular y democrático de Evo Morales por reestructurar los servicios de salud en el país. Recordemos las huelgas por días, semanas y meses que dejaban a los pacientes a la intemperie del servicio, apoyadas por una muy bien financiada y orquestada campaña que se sintetizaba en la consigna “yo apoyo a mi médico”. En ese entonces, la “dictadura” de Evo, como todavía sostienen algunos despistados pititas, buscó de manera incesante el diálogo y la concertación, convencido de la buena fe de los galenos privilegiados que se escudaron y se escudan detrás de los colegios médicos.

El nuevo y actual ministro de salud es un triste personaje típico de la seudo oligarquía boliviana. En los medios profesionales, se jactaba de su ropa de marca y de no necesitar del trabajo, porque su papito le había dado lo suficiente para vivir holgadamente. Ese “suficiente” fueron los variados negociados en la compra de insumos y equipos de salud que, merced a las influencias del padre, don ahora ministro convertía en respetable fortuna. Todo legal, por cierto, como siempre ocurría en el período neoliberal. Con el advenimiento del Proceso de Cambio, este médico “por hobby” –confesiones que hacía entre tragos en las siempre selectivas fiestas de los médicos– perdió muchas “oportunidades” e incubó un odio mortal a las nuevas generaciones que se formaban con criterio no mercantilista en Cuba y Venezuela, para atender pacientes allá donde estos señoritos sentían asco de ir.

No resulta sorprendente, en consecuencia, leer en los titulares de la prensa, el “cuestionamiento” que se hace a las últimas y muy sonadas compras de la dictadura en materia de equipos para combatir la pandemia. Precios exorbitantes que, con certeza, cubren las “comisiones” por los buenos oficios de estos intermediarios que utilizan su influencia para gestar jugosos negocios, ponen nuevamente al país al centro del ridículo internacional. Equipos inservibles y/o parcialmente útiles, comprados en hasta ocho veces su valor real en el mercado, ponen de manifiesto la forma “patriótica” con la que estos criminales de mandil blanco aparecen como adalides preparados y eficientes para atender el caso.

Dictadura servil al gobierno yanqui que la fabricó con la horma de sus ambiciones y caprichos, Añez, familia y compañía, se estrenaron en materia de salud con una medida teñida de odio y falta de ética, expulsando a los médicos cubanos que, en diferentes confines de la patria, cumplían el deber que los señoritos actuales se jactaban de no hacer, porque eso de atender a indios en las comunidades no da plata ni prestigio.

Ahora, chapoteando en sus propias heces, saltan acusaciones de unos a otros. Moneda común es el descontento por la presencia de autoridades sin mérito profesional alguno; por saberse desprotegidos y dejados a su suerte. El personal de salud, sobre todo aquel compuesto por enfermeras y de servicio, juega a la ruleta rusa cada día; carentes de los más elementales pertrechos contra una pandemia, se contagian con frecuencia. ¡Ay del que se queje! Ya lo repite a cada momento el tal Murillo, que eso es sedición y desinformar a la población de los supremos esfuerzos y sacrificios que hace la dama autoproclamada.

Enseñanzas específicas al margen, esta pandemia con corona tiene la virtud de poner en evidencia, una vez más, la endeblez de un sistema de salud armado no como un servicio social al que todo ser humano debería tener derecho, sino como una estructura altamente competitiva entre sí, con seguros sectoriales que forman parte del botín político. Que ella sea la base para construir, próximamente y con un gobierno democrático nacido de las urnas, con decisión, coraje y amplia participación social, un Sistema único de Salud al servicio de todas y todos.

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