Etiqueta: Jorge Mansilla Torres (Coco Manto)

La oposición política ya no es la de años ‘80 o ‘90. Su altura política para los debates y su calidad en proponer con argumentos sólidos es de extrañar, porque sabíamos que formaba parte del aprendizaje en democracia.

Las exposiciones de diputados y senadores en la época de la UDP y en la época de gobiernos neoliberales, daba gusto escuchar porque podíamos afirmar que eran como una propuesta de tesis de grado que se exponía y que ganaba los aplausos de ambos bandos de quienes fungían como oradores en una eficacia sin límites.

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En estos días se cruza en la memoria recordar a los muertos, por las fiestas de Todos los Santos y la otra por la de Difuntos, pero aún queda en la retina seguramente de unos pocos aquel episodio trágico del 1 de noviembre de 1979 la Masacre de Todos Santos del Coronel Alberto Natusch Busch.

Ya nadie quiere revivir días tormentosos cuando se habla de golpes de estado, que en su mayoría, tuvieron la participación de militares en servicio activo, así vendrán a la memoria los golpes de Hugo Banzer en 1971 y de Luis García Meza Tejada en 1980.

Pero no quiero entrar en episodios trágicos que nos remueven sentimientos de angustia y dolor. Lo que hoy comparto con ustedes, con el permiso de mi gran amigo, Coco Manto, compañero de profesión y gran poeta, periodista que con su habilidad propia de saber acomodar sus textos a determinados momentos de la historia, escribió un texto lindo para este tiempo, y que tituló “Alabados y Calaveras”.

Ahí se los dejo:

“Más que día de duelo, Todos Santos era una fiesta. Cantábamos los alabados en los altares que las familias mineras erigían a sus muertos. Íbamos los niños eufóricos por las calles buscando tumbas a domicilio para cantar “alabado sea el Señor/sacramento del altar/ y la Virgen concebida/ sin pecado original”, luego de que el corero en jefe entonara la estrofa para las almas o angelitos, sean adultos o niños. Eran coplas de honra al difunto o de burla a la diabla muerte. Los altareros nos regalaban t’antawawas, panecillos horneados como palomas, serpientes, cruces, escaleras o estrellas que cargábamos en saquillos al hombro.

A veces, nuestro corero se mandaba una estrofa aparte para que el deudo le dé algo mejor, un bizcochuelo, por ejemplo. “Don Serapio buena gente/ siempre fue trabajador/ y dos ángeles lo llevan/ al servicio del Señor”. Lo único seguro en Siglo XX y Llallagua era la gran cantidad de muertos cada año y los juglares poníamos en boca del corero coplas como ésta para los líderes sindicales Pimentel y Escobar: “Irineo y Federico/ con San Pedro ya estarán/ siendo que eran comunistas/ a pesar del capellán”. O para los masacradores: “Leuke leuke, puca chaqui/ nuestro Dios te ha de botar/ por tu uniforme de caqui/ y tu rifle de matar”.

Aunque en México la fiesta todosantera está venturamente viva gracias a la resurrección de la Catrina del pintor Posadas, ya no se componen calaveras (“calacas”), epitafios públicos para la gente que se quería ver muerta. Antes se publicaban suplementos festivos con lápidas para políticos, artistas, diputados, patrones y demás celebridades.

Año con año, hasta el 2005, la empresa Excélsior encargaba a sus epigramistas, el vate Campos Díaz y Sánchez y yo, calaquear a unos 80 personajes en sus revistas y diarios. La lápida iba con una caricatura del muertito. En 25 años fui autor de unas 700 lapiditas. Recuerdo algunas. Del presidente López Portillo: “Muy seria llegó la Parca/ al fúnebre conventillo/ y dijo al poner su marca:/ Me traje a López Porpillo”. De la actriz María Félix: “Al verla perfecta y bella/ se le aflojó la guadaña/ y ya enamorada de ella/ ¡la Flaca se hizo lesbiana!”. De Fidel Castro: “Con odio y muy yanquimente/ me mataste tantas veces…/ Ahora te digo de frente:/ ¡Gusana, no me mereces!”. De Marcelo Quiroga: “En la memoria de todos/ gozo de cabal salud,/ y vos, pus de Chonchocoro,/ ¡te pudres en tu ataúd!”. De la iglesia metida con el narco por millonarias limosnas: “Sin que parezca pecado/ escuché en el cementerio/ a un cura pichicatero/ cantando: Dios sea lavado (…)”.

Ya no hay, pues, alabados ni calaveras. Sin el genio y la malicia para tratos de postmortem, la creatividad popular arde en el fuego fatuo de las conchudas redes sociales con sus aparatejos celulares, aypuds y demás guaraguas tecnológicas que todo lo traen hecho y compuesto. Peor aún, los niños de hoy ya no imaginan la Noche de Muertos sin el jalowin, babosada gringa que les hace ir de puerta en puerta disfrazados de fantasmas pidiendo golosinas o dinero. ¡Bah!”

Es una gran parte del texto que me atreví a recoger a un inspirado y talentoso escritor y poeta como es Coco Manto. Oportunidad que me brinda para darle un fuerte abrazo y en ese entrañable recuerdo de sus obras, decir que reviviremos el tiempo de la Fiesta de Todos los Santos y Fieles difuntos a la manera que nos propone Coco, una verdadera fiesta en nombre de los muertos… ¡¡Todos Santos: vivan los muertos!!

*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino

La historia del periodismo en Bolivia tiene sus momentos luminosos y sublimes, como también manchas fecales de infamia. En el primer caso, baste recordar a Carlos Montenegro, cuya soberbia investigación sobre el rol de la prensa en nuestra historia diera pie a ese ineludible texto que es Nacionalismo y Coloniaje; o –por nombrar a un contemporáneo de aguda pluma– a nuestro entrañable Jorge Mansilla Torres, Coco Manto, que todavía escribe para gringos y kusillos, cociendo grillos en su crisol patrio.

Pero también están los otros, aquellos que nos llenan de vergüenza. ¿Cómo olvidar esa verdadera lección de infamia que nos diera Carlos Valverde, hacedor de una las fakenews más eficientes de los últimos tiempos? Con una historia que no tiene siquiera el mérito de una investigación periodística –que de por sí ya tiene valor– puso en vilo al país con la famosa historia del hijo de Evo Morales y la señora Zapata, niño que nunca existió pero que fue parido en el momento preciso para obnubilar a un pueblo sensible con una telenovela que sirvió para forzar un resultado electoral del 21 F del que hasta ahora se aferra la derecha.

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