De miedos y previsiones: el retorno del Proceso de Cambio al gobierno

La debilidad del gobierno de Áñez cada día se manifiesta más. Ya no tienen como encubrirla. Se le fueron sus aliados de las funestas jornadas de noviembre.

Fernando Camacho, después de “empotrar” a su gente en cargos que generan dineros rápidos y mal habidos, se alejó y le pidió a su presidenta renuncie a la candidatura.

Carlos Mesa, en su barroco estilo, adornado de paráfrasis, le dice a Áñez que no está a la altura de las circunstancias (como en la UDP, entre Paz Estenssoro y Lechín le pidieron a Siles Zuazo en el Colegio Inglés Católico que acorte su mandato presidencial), solicita un diálogo nacional para acordar fecha de elecciones (léase plazo para dejar el poder) entre actores sociales, empresarios y trabajadores, partidos políticos y obviamente la Iglesia católica, hoy manejada por una jerarquía de escribas y fariseos.

Tuto Quiroga, vocero no público del Departamento de Estado de los Estados Unidos, desaparecido. Solo se escucha a sus adláteres criticando a Áñez y su gobierno por el mal manejo del Estado y sus bienes, además de la incapacidad para manejar la crisis.

Los medios de comunicación empezaron a criticar la gestión Áñez.

El malestar en las FF.AA. es evidente. La soberanía ya ni se balbucea y eso esta calando hondo entre sus oficiales. Hoy resultan con menos privilegios que con Evo y eso no les gusta. Apostaron mal. Una situación diferente en su forma, pero similar en su resultado, se produce en la Policía, que antes era sustento de poder de Romero; lo que le otorgaba ciertos privilegios hoy perdidos, frente a un nuevo ministro que ve a la tropa como recua con la que no vale el diálogo (“no se dejen meter caca a la cabeza” sic), sino la amenaza.

Los “pitititas” desconcertados y descorazonados, pues se arrepienten por haber sido utilizados para ver lo mismo que les dijeron que estaba mal, en el gobierno al que con su movilización llevaron al poder. Si había gente con “principios democráticos” en ese movimiento, hoy se rasgan las vestiduras al ver el grosero uso del poder y el Estado en el gobierno de Áñez.

Si a esto le sumamos los escándalos cotidianos que se destapan, que seguramente no son todos los que existen, y añadimos los crasos errores que se cometen en la administración del Estado, e incluimos lo difícil que es administrar una pandemia para lo cual no tienen expertos con criterios científicos, la situación realmente es dramática.

Por todo esto, hay una sensación de malestar en los sectores conservadores y reaccionarios que hicieron gobierno a Áñez y aún son su base social de sustento, pero no por convicción o por estar haciendo bien, sino por terror-pánico al retorno del Proceso de Cambio al poder. Se están tragando sapos, pero empiezan a sentir indigestión.

Para colmo de los oficialistas y sus bases de apoyo, las encuestas oficiales y las que se manejan entre bambalinas, muestran a la candidatura del Movimiento Al Socialismo (MAS) como ganadora en futuras elecciones, hasta probablemente en primera vuelta.

En resumen, tenemos un gobierno débil, construido sobre arena. Y por consiguiente, no podrá durar mucho, pues hasta sus aliados y amigos le piden dejen el gobierno y llamen a elecciones. Incluido su candidato a vicepresidente, Samuel Doria Medina. que públicamente señaló que las elecciones debían realizarse “a finales de julio o principios de agosto”.

Todo indica que el MAS sería ganador, pero ¿por qué lo ponemos en tiempo condicional?

Porque una cosa es que gane y otra que los oficialistas y sus bases estén dispuestos a entregarle el poder, aunque tal vez se podría repetir la tesis de Sánchez de Lozada que sostenía, en las elecciones del 2002, que había que entregarle el poder al indio, para que en su incapacidad se aplace en en el manejo de la crisis, y así volver a gobernar ellos por décadas.

Suponiendo que el Proceso de Cambio vuelva al poder, también será menester hacer algunas previsiones para no volver a repetir los errores, que fueron factores de acumulación negativa y de descontento social, que contribuyeron a que no exista resistencia al “golpe congresal-militar” que derrocó al gobierno de Evo Morales.

Un adagio futbolístico dice que “equipo que gana no se cambia”. Pero en este caso, habrá que reconocer que perdimos. Y por tanto, habrá que cambiar al equipo. Eso no significa en absoluto negar al caudillo, en este caso la adhesión a Evo debe ratificarse sin pretexto alguno. Sin duda, cometió equivocaciones, entre ellas confiar ciegamente en alguna gente que no lo acompañó sinceramente y hasta lo traicionó.

Entonces, la renovación de colaboradores directos, dirigentes de movimientos sociales,
delegados de las bases ante instancias de consulta, es de una imperiosa necesidad. No se puede repetir equipo perdedor, menos si el argumento es “ellos tienen experiencia”, justamente porque la experiencia nos demostró que su “experiencia” llevó al Proceso de Cambio por caminos equivocados y que no correspondían al mapa de un proceso revolucionario. No podemos repetir ese error estratégico y menos en un momento en que el Proceso de Cambio, nuevamente en el gobierno, enfrentará una crisis estructural que si no sabe resolverla puede convertirse en su derrota histórica y hasta su tumba.

Por eso, de volver al gobierno, es preciso impulsar la organización territorial, sectorial, funcional. Es decir, construir poder no solamente desde el gobierno, sino también desde la sociedad, desde las bases, desde el pueblo: es preciso construir poder popular que articule a los mandatarios con los mandantes. Tener mecanismos de control de la gestión, de la anticorrupción, de la formación y concientización para la profundización hacia un proceso revolucionario. Poder que recupere todos los principios y la doctrina que llevaron a Evo a ser gobierno: el Vivir Bien, el socialismo comunitario, el anticolonialismo, el antiimperialismo, el anticapitalismo. Estar cerca de las bases, no burocratizarse, no encajar teorías que pueden ser útiles en otras realidades pero que son inútiles en un país tan diverso pero tan rico material y espiritualmente como el nuestro. Impulsar la crítica y la autocrítica, que no es lo mismo que juzgar y golpearse el pecho, sino evaluar y cambiar de actitud en beneficio del proceso revolucionario.

Ser implacables con todo lo que sea desviación del camino de transformaciones de Bolivia. No volver a caer en manos del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o las transnacionales. Ser implacables con todos los que no cumplan con el ama sua, ama llulla, ama q’ella y más si son “compañeros” que traicionaron nuestra confianza. Desterrar el llunkerío y el compadrerío mal entendido. Premiar a los que se esfuerzan. Reflexionar a los que se equivocan. Sancionar a los que traicionan.

Recuperar el camino. Volver al thakhi. Difícil, cierto, pero nadie dijo que el camino de la revolución esta tapizado de pétalos de rosas. Hagámoslo. ¡Ukaj jacha uru justakiw. Jallalla Bolivia!

• Sociólogo

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