Etiqueta: Unidad

  • La Fuerza de la Rebelión

    La Fuerza de la Rebelión

    La crítica, desde fuera, a los acontecimientos y dinámicas dentro del movimiento popular, ligado a una organización política en crisis, debe tomar en cuenta el origen de una sociedad, compleja y para usar una trillada categoría: “abigarrada”. No es una casualidad que los acontecimientos políticos en Bolivia se repitan constantemente y no se correspondan con la afirmación de Marx que primero son tragedias y luego adquieren su carácter de comedia; en el caso boliviano todas las repeticiones han sido y son tragedias.

    Repetir, machaconamente que “el voto nulo es el responsable de la llegada al gobierno de Rodrigo Paz” es aceptar que la “democracia” parlamentaria es la solución a los problemas estructurales de Bolivia, es también una opinión que confirma la pérdida de un horizonte verazmente revolucionario en Bolivia. Tener parlamentarios supuestamente de “izquierda” no son garantía de cambio en una sociedad, son simplemente instrumentos de reproducción de un sistema que en si mismo no representa al pueblo ¿Por qué no cambió el parlamento, en sus procedimientos y atribuciones, cuando existía una mayoría, que sí podía hacerlo? Un ejemplo de verdadero cambio es que desaparezca la Cámara de senadores y que los Diputados sean todos uninominales y sus electores con derecho a veto. Reclamar representación parlamentaria en un sistema democrático, que no responde al pueblo y con artilugios que tuercen la lógica de representación y poder, son justamente los instrumentos que permiten golpes de Estado como el chileno de 1973 o el caso boliviano del 2019.

    Los protagonistas de la historia, como bien sabemos, han sido y son los pueblos en tanto pueblo, no los héroes solitarios con halo divino. La búsqueda de “un liderazgo” es el pivote en el que giran las individualidades buscando ese lugar y por supuesto obstruyendo la posibilidad de una unidad cierta y sostenible. El maremágnum de “potenciales candidatos” no líderes, que circulan en redes sociales, por la misma cultura individual inducida de estos modernos medios, no son producto de recorridos históricos que forman y producen los liderazgos, ejemplos sobran.

    Estamos en tiempos de desafíos al poco humanismo que todavía pervive en este mundo en guerra mediática constante y con guerras de agresión que son la evidencia de la deshumanización como en Palestina. La peligrosa espiral que puede terminar en una guerra nuclear nos obliga a dejar los acomplejados rencores locales para abrir y analizar el panorama en el que nos encontramos.

    En un país con una complejidad cultural, es natural que también se presente una diversa postura ideológica, en respeto a esa diversidad no se puede imponer una ideología como la “única y verdadera” que es una de las razones para que no exista unidad, especialmente en la izquierda boliviana, este aspecto -la única verdad- es un rasgo del pensamiento fascista, que por supuesto tiene sus antepasados como la escolástica, que nos llegó para “extirpar las idolatrías” es decir acabar con otras cosmovisiones, cosa que no pudieron y se encuentran vigentes hasta hoy. La derecha puede tener sus diferencias que incluso aparentan antagonismos irreconciliables, pero a la hora de defender sus intereses todos se unen, como vemos el actual parlamento. Tienen muy claro el objetivo de mantener un statu quo, de una sociedad jerarquizada y con privilegios; en cambio las experiencias de gobiernos de izquierda en Bolivia se ha debatido desde siempre la disyuntiva de: Reforma o Revolución, y siempre se ha optado por la reforma, incluida la intención de tener una Constitución que garantice el proceso revolucionario que finalmente fue “reformada” con los poderes fácticos, en lugar de dar al traste con ellos.

    La debilidad actual del movimiento popular en su composición variopinta se encuentra en esa vieja disputa de cambio estatal frente a una mera administración del gobierno. Existen varios momentos en nuestra historia que nos grafican esta situación, tal vez la más dramática es la relación de Zarate Willka y J.M. Pando, un compromiso de entregar las tierras usurpadas a sus legítimos dueños, termina con el asesinato de Willka. Es esta relación que necesita su definitiva ruptura y la forma no es otra que una acción revolucionaria.

  • Una insurrección sin conducción es el camino a la derrota

    Una insurrección sin conducción es el camino a la derrota

    La movilización popular puede poner en jaque a un gobierno, pero no basta con salir a las calles para construir una alternativa de poder. La experiencia boliviana lo demuestra: sin conducción política, objetivos compartidos y una estrategia capaz de convertir el descontento en fuerza organizada, la resistencia corre el riesgo de desgastarse mientras sus adversarios consolidan posiciones. Mientras la Central Obrera Boliviana (COB) se declara en emergencia sin definir sus próximos pasos, en Santa Cruz avanzan proyectos institucionales y de control territorial impulsados por sectores conservadores. La diferencia no es menor: unos reaccionan ante la coyuntura; otros trabajan para modificar las condiciones en las que se librará la próxima disputa política.

    El movimiento popular todavía no ha hecho el balance que necesita. Los 53 días de movilización constituyeron una resistencia activa, pero no lograron traducirse en una dirección capaz de articular las demandas sectoriales con un horizonte político común. La eliminación de la subvención al diésel mediante el DS 5716, que elevó su precio de 9,80 a 17,95 bolivianos por litro, se suma al encarecimiento de los servicios básicos y las tarifas eléctricas. El malestar social tiene causas concretas. Sin embargo, la indignación no sustituye a la organización, ni la convocatoria a la insurrección reemplaza la construcción de una plataforma de lucha.

    Hay errores que seguimos arrastrando. El voto nulo, las decisiones tomadas sin cálculo político y el respaldo indirecto a candidaturas que terminaron favoreciendo a Rodrigo Paz dejaron consecuencias que todavía no hemos discutido seriamente. También fue un error convertir la renuncia presidencial en consigna sin evaluar la correlación de fuerzas ni construir una salida política compartida. Un gobierno que controla el aparato estatal, dispone de recursos coercitivos y tiene capacidad de instalar su relato en los medios puede aprovechar esas debilidades. La judicialización de la protesta y las órdenes de aprehensión contra dirigentes sindicales son parte de ese escenario. Llamar dictadura a cualquier forma de represión no basta: necesitamos explicar qué características tiene el poder que enfrentamos y cómo organizar una resistencia capaz de disputarle la iniciativa.

    Mientras tanto, Santa Cruz avanza con una agenda propia. La creación de la Defensoría de las Cruceñas y los Cruceños, la proyectada Guardia Departamental y la propuesta de subordinar los comandos policiales a los gobernadores expresan una disputa que va más allá de la administración autonómica. Recuperan aspiraciones históricas de los sectores conservadores de la Media Luna y buscan ampliar su capacidad de intervención territorial. Frente a esa iniciativa, la fragmentación popular y las disputas por el liderazgo constituyen una desventaja estratégica.

    La lección de la Guerra del Agua de Cochabamba, en el año 2000, sigue vigente. Nadie necesitó proclamar la insurrección como punto de partida: la lucha se articuló alrededor de una reivindicación concreta, comprensible y compartida. La defensa del agua frente a su mercantilización permitió que la movilización creciera hasta convertirse en una fuerza capaz de derrotar una política y cuestionar al poder que la sostenía. La insurrección fue el resultado de la organización, no un sustituto de ella.

    Hoy, la unidad tampoco puede confundirse con la subordinación a un dirigente, una corriente o una organización. La marcha evista hacia La Paz, inicialmente planteada contra el DS 5716 y luego postergada sin fecha, evidencia las dificultades para articular una respuesta común. La fórmula de la unidad detrás de un liderazgo preestablecido termina expulsando a quienes no aceptan esa conducción. La unidad popular exige democracia interna, congresos representativos y capacidad de construir acuerdos, incluso entre sectores que discrepan políticamente.

    En la tradición andino-amazónica, el consenso supone ceder para construir algo común. No podemos exigir al adversario que retroceda mientras nosotros nos negamos a resolver nuestras diferencias. Si el Gobierno apuesta por prolongar las medidas excepcionales y convertir cada conflicto en una oportunidad para reforzar su posición, la respuesta popular necesita organización, análisis y planificación. La resistencia pasiva puede evitar provocaciones que favorezcan la represión; la resistencia activa requiere objetivos, dirección y un plan para sostener la movilización.

    No se trata de renunciar a la lucha, sino de impedir que el sacrificio de quienes salen a las calles termine favoreciendo a sus adversarios. Una insurrección popular sin liderazgo colectivo, sin plataforma política y sin estrategia para sostener sus conquistas no es el camino a la victoria: es el camino a la derrota. Antes de convocar nuevamente al pueblo, hagamos el balance, reconstruyamos la unidad desde abajo y preparemos una lucha que no se limite a resistir, sino que sea capaz de transformar la correlación de fuerzas.

  • UNIDAD CON PRINCIPIOS, UNIDAD CON PROGRAMA

    UNIDAD CON PRINCIPIOS, UNIDAD CON PROGRAMA

    En una época marcada por el caos sistémico, la dispersión ideológica y el vaciamiento programático de la izquierda tradicional, reafirmamos que la unidad revolucionaria no es un fin retórico, sino una necesidad histórica. El destino de los pueblos no puede seguir supeditado a imágenes fabricadas por los poderes dominantes ni a proyectos reformistas que reciclan las estructuras de opresión. Nuestra opción es clara: transformar de raíz la realidad social, económica y política desde una ética revolucionaria colectiva.

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  • CARTA ABIERTA A LOS LÍDERES DE LA IZQUIERDA BOLIVIANA: EVO MORALES, LUIS ARCE Y ANDRÓNICO RODRÍGUEZ

    CARTA ABIERTA A LOS LÍDERES DE LA IZQUIERDA BOLIVIANA: EVO MORALES, LUIS ARCE Y ANDRÓNICO RODRÍGUEZ


    Desde la Internacional Antifascista – Capítulo Bolivia
    Compañeros: Evo Morales Ayma, Luis Alberto Arce Catacora y Andrónico Rodríguez Ledezma

    La Internacional Antifascista – Capítulo Bolivia, se dirige a ustedes con profunda preocupación y al mismo tiempo esperanza de pedirles escuchar el clamor de las bases, considerando que durante más de dos décadas han sido el alma o han intervenido de manera directa en el Proceso de Cambio.

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  • LLAMAMOS A LA UNIDAD REVOLUCIONARIA

    LLAMAMOS A LA UNIDAD REVOLUCIONARIA

    ANTE LA COYUNTURA HISTÓRICA

    Hoy el fascismo-nazismo está tocando las puertas de nuestra Patria Grande, en nuestra Bolivia Plurinacional la amenaza está presente diariamente a través de sus instrumentos políticos, mediáticos, religiosos, empresariales, cívicas, para violentar nuestra vida, apropiarse de nuestros recursos naturales y volver a convertirnos en colonia del imperialismo.

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  • La estrategia imperialista

    La estrategia imperialista

    Sabemos muy bien que la vieja máxima de divide y vencerás, ha sido y es una de las armas más letales para derrotar los procesos revolucionarios en el mundo y por supuesto en Bolivia.

    El «divide y vencerás», en Bolivia, fue implementada durante el periodo de rebelión popular en 1952 que terminó destruyendo desde el interior al MNR y al pensamiento revolucionario. Las fracciones del MNR lograron dividir el movimiento campesino de Cochabamba, del Norte de Potosí y luego a nivel nacional, enfrentaron a campesinos contra los mineros. Siles Suazo trató de dividir a la COB fundando la paralela COBUR, por su lado el golpista René Barrientos unificó al movimiento campesino con el Pacto Militar Campesino y ahondando los enfrentamientos con los mineros. El dictador Banzer utilizó la figura de Coordinadores Laborales, para anular la fuerza de la COB y de los sindicatos.

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  • Qué aprendizajes nos deja la crisis del MAS a la fecha

    Qué aprendizajes nos deja la crisis del MAS a la fecha

    Si algo hacen las crisis es permitir que aflore la creatividad. Hacen retomar el análisis de aquello en lo que se falló y, además, favorecen el repensar qué cosas se hizo bien y cómo hacerlas mejor. Proporcionan un momento de discusión saludable sobre las prioridades: en nuestro caso fue el de retomar la democracia y la lucha contra el fascismo de Áñez, Murillo y compañía.

    En el golpe de 2019 nos dimos cuenta de algo importante: que el Movimiento Al Socialismo (MAS) podía resurgir desde lo más golpeado y retornar al poder mediante la vía democrática.

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  • De la marcha unitaria por la vida a la división

    De la marcha unitaria por la vida a la división

    La Marcha por la Vida la Paz que la recordamos hoy después de 37 años sin duda fue la mejor muestra de unidad del movimiento popular cuando más de 5 mil mineros marcharon desde Oruro a la ciudad de La Paz interpelando al gobierno del MNR por la aplicación de la dura medida como fue la relocalización de más de 30 mil mineros de las minas.

    Después de aquella experiencia de lucha unitaria habrán sido muy pocas las señales de una férrea unidad cuando los gobiernos de turno aplicaron duras medidas contra el pueblo boliviano en lo que va la historia de más de 40 años que el modelo neoliberal quiso implantarse en nuestro país.

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