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La política, las ideologías, el compromiso militante, han sido devaluadas, no es una casualidad o el fin de la historia, sino una estrategia política para concentrar el poder y retornar a los tiempos de la monarquía o la concentración total del poder. En esa medida la despolitización de las sociedades, es un fenómeno mundial.

La concentración del poder solo es posible cuando se aleja al ciudadano del Estado, ese fenómeno se intensificó en Bolivia a partir del año 1985, con el llamado ajuste estructural. La llamada “relocalización” aniquiló físicamente a la denominada “vanguardia proletaria” concentrada en los trabajadores mineros.

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En las redes sociales de manera insistente, se leen estas opiniones: “¡Hasta cuándo vamos soportar que nos roben de frente! ¡Por qué seguimos aguantando este gobierno saqueador!” Y es que el gobierno ha demostrado un descaro total a la hora de honrar los diez mandamientos de una biblia que sólo fue un adorno en manos blasfemas.

Por otra parte, estos lamentos que no conducen a nada, se convirtieron en reproche cuando las organizaciones de pueblos originarios decidieron desalojar del Palacio Quemado a los “sepulcros blanqueados”, de quienes la Biblia sentencia: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.”

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La Malinche en México y el Felipillo en el Perú, han pasado a la historia como los personajes originarios que se entregaron a la voluntad y órdenes de sus conquistadores. Ambos, en sus respectivos contextos, asumieron actitudes y acciones que fueron en contra de sus propios pueblos, favoreciendo al invasor español. Por eso, cada uno de estos nombres se usa hoy en día como sinónimo de traición.

Nuestros pueblos originarios en Bolivia han dado ejemplo de heroísmo, consecuencia y lucha contra la dominación; desde los legendarios Tupac Katari y Bartolina Sisa, hasta el valiente Zárate Villka, pasando por los héroes del oriente como Apiaguaiki Tüpa, por citar sólo a emblemáticos orgullos nacionales, cuya presencia marcó siempre huella en la historia nacional. Sin embargo, durante décadas, desde la fundación de la vieja república, esa presencia y acción estuvo siempre “ninguneada” por los historiadores oficiales, afectos a rendir culto a los oropeles de “buena familia” antes que reconocer el papel fundamental de los muy nuestros. Eso explica también el actual odio clasista a Evo Morales y a todo lo que huele a indígena, a originario.

Esos sentimientos malsanos dan pie a toda forma de desprecio para inculcar en nuestras mentes y corazones, la imagen de inferioridad del indio respecto a los que muy blanquitos se creen. Y no faltan, en ese empeño, personajes de origen aymara, quechua y/o de otros pueblos y etnias de nuestra pluricultural y multinacional Bolivia, que son serviles a estos propósitos neocoloniales.

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La respuesta parece obvia, pero definitivamente no lo es. Más allá de cómo se nos presentan a los ojos las cosas, es preciso entenderlas en sus lógicas internas, en sus vericuetos, en sus idas y vueltas, para comprenderlas no solo en sus formas, sino también en sus contenidos.

Pese a su alejamiento del Gobierno, indudablemente Evo Morales continúa siendo el contingente donde se atesora la esperanza de los sectores más pobres del país: del pequeño productor campesino, del migrante que vive en las zonas suburbanas que circundan nuestras ciudades capitales, del trabajador por cuenta propia, de los constructores, maestros y ayudantes, del vendedor ambulante.

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